Recordaba Pipo el pasado cuando de niño
le encantaba subir al cerro llamado La Tarasca, donde sobresalía El Picacho que
estaba cerca de su casa y tenía más de mil cien metros de altitud. Eran los primeros días de diciembre, su mamá
le encomendó una tarea, ir al cerro y conseguir un árbol pequeño de metro y
medio que estuviese reseco para convertirlo en arbolito de navidad. Pipo invito
a su compinche Nenín para que lo acompañara. Llevaban una cantimplora llenas de
agua cada uno y unas mandarinas en una bolsita. Pipo llevaba un machetico
envuelto en papel para poder cortar. Emprendieron la travesía como a las 3 de
la tarde, ya antes habían subido hasta El Calvario donde estaba la Cruz que
encendían para fecha de navidad y donde los fieles llegaban al sitio que era la
última estación del Vía Crucis en Semana Santa. Llegaron al pie de cerro e
iniciaron el ascenso, lo hicieron por el camino del frente en vez de irse por
el lateral izquierdo, más lejos pero más seguro. El camino era más empinado,
estaba la tubería que trasladaba el agua desde la esquina del Filtro hacia La
Casita de Agua en El Calvario y viceversa por gravedad para surtir al pueblo. Llegaron
algo cansados ¡Ufff! por lo inclinado a la Casita de Agua, otros la llamaban La
Cajita de Agua, que era un tanque o depósito donde ellos se asomaron y vieron
la peligrosidad de caer allí Desde allí tenían una panorámica del pueblo.
Aprovecharon para tomar agua de una cascadita que se formaba por un drenaje del
tanque, no era fácil bajar a la cascadita por su inclinación, de repente Nenín
escuchó un ruido como de una serpiente “Sshhhh...Sshhhh” y salieron volando. Prosiguieron
la marcha por la ruta al Picacho, tomaron unos palos para sostenerse en la
subida, buscaban el susodicho árbol de navidad y no veían alguno parecido, entretenidos
por lo bello del paisaje que observaban y conversando, llegaron hasta el sitio
denominado “La Escalera” hasta donde Pipo ni Nenin nunca habían llegado. Se
impresionaron por lo inclinado y largo del trecho, Nenín exclamo ¡Dios santo!
Tomaron agua, dudaron en seguir, pero se atrevieron. Aquello era peligroso para
estos dos niños. Si sus Padres los vieran los hubieran halado por las orejas.
Comenzaron a subir agarrados de los árboles, se impulsaban con las piedras
sobresalientes de lo que fue una
escalinata y las raíces de los árboles,
iban casi en vertical ¡Cuidado! Decía Pipo. Hicieron una pausa, tomaron agua y
se comieron una mandarina, les faltaba la mitad. Menos mal que el terreno
estaba seco. Al fin subieron la escalera, le faltaba otro trayecto para llegar
a la cima del Picacho. Subieron de prisa por la emoción de llegar. No fue
fácil, entre breves bajadas y subidas llegaron ¡Bravo! Dijeron al unísono, allí
pegaba mucha brisa ¡Ssshssh!, menos mal que era de tardecita y no pegaba tanto
el sol; sin embargo al lograr la cumbre aprovecharon la sombra de un árbol
pequeño, allí descansaron sobre unas piedras, estaban extenuados. Luego se
acercaron al borde, había una bandera grande de Venezuela clavada y una Cruz de
madera como de cuatro metros de alto. Quedaron estupefactos ¡Guau! Se divisaba
no solo el pueblo y la zona agrícola, sino el Lago de Tacarigua, los Morros de
San Juan, parte de Maracay, Cagua y otros poblados. Se sentaron un rato a
contemplar el horizonte, la brisa hacia zumbidos. Se percataron por la posición
del sol al oeste, les avisaba que era necesario regresar. La bajada era igual
de peligrosa. Después de la Escalera, se
esmeraron en buscar el árbol de navidad, divisaron uno en lo alto del camino, subieron
y lo cortaron ¡Trac…Trac! Lo cargaron entre los dos. Esta vez bajaron por el
otro camino donde estaban unos hornos gigantes de ladrillo de una antigua mina
de cal. Apuraron el paso, iban sudaditos, al llegar a casa Pipo pensaba ¡Ay de
mí! Le entregó el árbol y la mamá le dio las gracias; pero les reprendió porque se habían demorado demasiado. Los
niños no dijeron nada, Pipo y Nenín habían hecho un pacto: ”Cállate boca, ciérrate
pico. Hágase el silencio y el silencio se hizo”. Los alpinistas se miraron y
sabían que habían ocultado todo. A
bañarse y descansar.
Pipo terminó la narración diciéndose a sí mismo: “Es verdad
lo que narré, lo viví y así se los conté”.

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